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La vida corta*

July 4, 2018

Quedé de verme con el Black, pero no llegó a nuestro punto de encuentro.  Lo volví a buscar a la siguiente semana. Nada. Lo busqué por todos lados. Tenía un mes de haberlo conocido, nos veíamos regularmente y siempre llegaba. Regresé a Sueños de Oro –un pueblucho a la orilla de la carretera del Ceibo, muy cerca de la frontera con Guatemala. Estuve ahí casi cinco horas, esperé y esperé. Los chicos de las motos me volteaban a ver. Sabían que lo buscaba. Creo que al final les di un poco de lástima. El calor era intenso y yo no paraba de sudar. Cada vez que volteaba a verlos, les decía con la mirada que ahí me iba a quedar. Empezaron a secretearse algo y, finalmente, uno de ellos se puso un casco, subió a su moto, arrancó con fuerza y se paró frente a mi. Solo se me quedó viendo.

 

Busco al Black. “No” Me dijo con la cabeza. ¿Cuándo viene? le pregunté. Volvió a decirme que no con la cabeza. Se quitó el casco, se me quedó viendo fijo y entonces lo vi en sus ojos. Nunca llegó a Monterrey. Me dijo. Arrancó y se fue.

 

La vida en este camino que recorren los que migran al norte es una gran calle larga. Larga, larga y los devora. Va más allá de las fronteras y parece que no tiene fin. Por aquí caminan los que ya dimos por muertos.

 

Me fui. Nunca más volví a ver al Black. Seguro está muerto.

 

Cerca de las tubería para tratar el agua, y donde las personas migrantes van a bañarse. Rio Usumascinta, Tenosique, Tabasco.
Foto: Irving Mongradón

 

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EL BLACK

 

¿Cómo te llamas?

 

Le pregunté a un chavito con ojos de avispa que estaba escuchando a la Santa Grifa en su teléfono ¡Aaaaa chinga! Pensé. Estamos en la frontera sur de México, este morro es centroamericano y los de la Santa Grifa son de Tamaulipas. Me dio curiosidad. Tamaulipas está muy lejos y es uno de los estados fronterizos del norte de México con más de 4000 muertos por armas de fuego en los últimos 7 años. Ese estado tiene historia en todo este asunto de la migración porque es uno de los puntos de cruce fronterizo más peligrosos para las personas que van a Estados Unidos. La Santa Grifa sabe hablar de toda esa violencia aunque no hable ni de coyotes ni de albergues ni de migrantes.

 

El chico me respondió con cualquier nombre mientras miraba de un lado a otro, observando a la gente que iba y venía. Tenía puesta una gorra hacia atrás, unos pantalones obscuros y una playera color claro. Me senté a su lado sobre la barda del comedor. Estábamos en uno de estos albergues católicos que reciben a la gente que migra hacia los Estados Unidos y andan en tránsito por México. La mayoría de estos lugares defienden los derechos de las personas migrantes. Son unos híbridos raros de asistencia humanitaria y defensa de derechos humanos con abogados que, hoy en día, pelean casos de refugio. Con estos albergues, la iglesia católica ha ganado prestigio y poder dentro de los movimientos sociales de defensa de derechos humanos. Combina la fe y la ley para entrar al juego.

 

¿Para dónde vas? le pregunté. A Monterrey. Me dijo en corto. Me le quedé viendo, me sorprendí. Esa ciudad está en el estado fronterizo de Nuevo León y a pocos kilómetros de la frontera con Estados Unidos. Mucha gente pasa por esa ciudad a esperar unos días, a veces semanas, antes de moverse a los puntos fronterizos como Piedras Negras, Reynosa y hasta Nuevo Laredo para dar “el brinco” al gringo; la gente espera a que se “abra” la frontera. Para ser más claros, esperan a que les toque el turno para pasar. Las drogas y las armas generalmente también están en la lista. Pero el morrito no me dijo que iba para Estados Unidos. ¿Y a qué vas allá? le dije. Allá trabajo y luego bajo otra vez a ver a mi jaina y mi familia en Honduras.

 

Me quedo pensando que desde hace algunos años México se ha convertido en lugar de destino para muchos centroamericanos, algunos se establecen aquí y no porque México sea la tierra de la abundancia sino porque la gente huye a donde sea del caos que gobierna esos países. Y también la gente queda atrapada en el territorio mexicano porque hacemos el cruce a los Estados Unidos cada vez más atroz. Aquí en México las personas migrantes desaparecen, la autoridad las persigue, las golpea o terminan formando parte de los negocios criminales por decisión propia o por la fuerza; también, a autoridad migratoria mexicana detiene a las personas por tiempo indefinido en centros de detención migratorio lo que la hace parte de toda esta represión. Para acabar pronto, la justicia para todas estas personas nunca ha visto la luz. Lo que tenemos aquí son constantes “violaciones a derechos humanos”; es decir, el nombre burocratizado, institucional, formal, estilizado que ahora le damos a la violencia de Estado. El abuso  del uso de la fuerza es lo que el gobierno mexicano –y también los gobiernos centroamericanos– ejercen sin clemencia. Y lo hacemos porque así dictan las políticas de seguridad regional que se imponen los desde los Estados Unidos.

 

Estados Unidos ha financiado y entrenado grupos especiales policíaco-militares y anti-pandillas en el Triángulo Norte Centroamericano para frenar la migración. Lo que ocurre es que estos grupos terminan persiguiendo a las personas que huyen de la violencia en Centroamérica. Mientras, México –a través de policías, agentes de migración y militares– es el filtro migratorio más grande para los gringos.

 

Bueno, pues Monterrey es una ciudad próspera del norte de México, y muchos centroamericanos ya han logrado establecerse ahí. Pero para llegar a esa ciudad hay que saber moverse.

 

Allá trabajas, vas y vienes. Es bastante peligroso andar por estos rumbos subiendo y bajando. Aquí es tierra de nadie. le dije al morrillo. Sí, mucho Zeta por Veracruz, me respondió.

 

Veracruz, además de Tamaulipas, es uno de los estados en donde hay más riesgos para las personas que van de camino al norte, todavía es bastión de los Zetas, quienes controlan buena parte del territorio del sur y noreste mexicano. Les hablo del famosísimo ex-brazo armado del Cartel del Golfo, cuando Osiel Cárdenas Guillén era su líder. Los Zetas es el primer grupo armado, al servicio de un cártel, compuesto por desertores de los grupos de élite del ejército mexicano: los GAFE (Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales). Varios de sus miembros recibieron entrenamiento en Estados Unidos. Los Zetas también son el primer grupo que, después de la captura de Osiel, se convirtieron en la primera y más poderosa organización de mercenarios: es cierto que ya no tenían líder y tampoco los contactos para convertirse en un cartel de la droga, pero finalmente tenían algo mucho más valioso en estos tiempos; tenían en sus manos todo un gran capital: todo el conocimiento y habilidades de ejercer la  violencia de manera eficiente y organizada para controlar todas las actividades ilegales o criminales lucrativas en sus territorios en un país donde la violencia también es ley. Todo esa capacidad de destrucción la utilizaron para controlar las actividades criminales que operaban dentro de los territorios que ya controlaba el cártel del Golfo. Y así incursionaron en el tráfico de personas.

 

Les cuento un poco. Los Zetas, para controlar el tráfico de personas, empezaron a amenazar a coyotes, guías, enganchadores y a comunidades completas que se beneficiaban del paso de la gente; los obligaron a  aliarse con ellos y pagarles cuotas, tenían que convertirse en sus empleados. A quienes quisieron seguir por la libre, los mataron. Así fue como las personas que migran se convirtieron en un botín y empezaron los secuestros masivos por ahí a finales del 2008. La masacre de San Fernando es un ejemplo de su poder.

 

Pero mire –me dice el Black– yo ya conozco aquí como la palma de mi mano: paso por Sueños de Oro y llego hasta acá. Yo voy corriendo, voy ligero, y como les digo a esos que viene ahí conmigo. El morro voltea a ver a un trío de chavos que se les caen los ojos de marihuanos y me dice: si aguantan, me siguen sino…

 

Pasa gente y el morro se calla. Es prudente. Sabe que aquí todo mundo escucha todo. “Aquí ando una libra de marihuana ¿Me entiende? Aquí vengo de paso y me voy”. Te entiendo. Seguro sólo te la fumas ¿vea? Se rompe el hielo. Hablamos de la Santa Grifa. Este morro tiene 16 años y desde los 13 es pandillero de la MS. Pero no de esos que “simpatizan” o “alucinan” con alguna pandilla, no. Este joven tiene escuela, se le nota al hablar, se le nota al actuar. La clecha la lleva. Pero no es un jefe.

 

Cuando le pregunté por qué había salido de Honduras, me dijo en seco:

 

Mire. Así está el cuadro. Vivía con mi jaina. Me fui a meter a territorio de la 18 a vender droga y pisar con una de ahí. No pedí permiso para vender y ella era jaina de uno de la 18. Eso no se puede. Cuando bajo a Honduras, me pinto la boca, los ojos, me pongo una falda, una peluca y así voy a ver a mi familia y a mi jaina. No puedo estar allá mucho tiempo. Entonces me subo y llevo algo para vender y aguantar el camino.

 

Quién sabe si esa era toda la historia. Nunca terminamos de hablar sobre eso. Lo que era cierto es que conocía bien el camino hasta Monterrey desde Honduras. Así como todos sus peligros.

 

“¿Has pensado en quedarte aquí en México?” le pregunté. Sus ojos de avispa miraban para los lados. No había empezado a hablar cuando una persona se para justo a lado de nosotros. Mata la palabra al sacar el aire. Voltea a verme y me dice en voz baja: aquí no se puede hablar.

 

Quedamos de vernos en una semana por la mañana en Sueños de Oro, ahí a la orilla de la carretera, donde se juntan otros morros como él con sus motos.

 

Y por quién pregunto. Le dije.

 

Me mira, me clava la mirada.

 

Me dicen El Black.  

 

Se da la vuelta y se va. Lo veo mientras se aleja, tiene bien bordada una “B” en su gorra.

 

Cerca de las vías del tren, Tenosique, Tabasco.

Photo by: Irving Mondragón

 

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SUEÑOS DE ORO

 

Una semana después estoy en Sueños de Oro. Es un pequeño pueblo muy cerca de la frontera con Guatemala. Muy pocos habitantes, unos 300 según los datos oficiales, y muy cerca de la frontera con Guatemala. Es un pueblucho perdido al filo de la frontera. No hay nada en este lugar excepto que los migrantes pasan por aquí.

 

Pensé que el Black no iba a llegar después de esperar como tres horas. Pero apareció sentado en una moto detrás de uno de los morros que se reúnen en un pedacito de tierra en donde, efectivamente, estacionan sus motos a la orilla de la carretera. Así fue como empecé a conocer al Black y parte del mundo en el que viven los adolescentes que huyen a donde sea de la violencia que hay en Honduras.

 

Verán, desde que tenía 11 años, el Black vio muertos. Su barrio, uno de los más pobres, es también uno de los más “calientes” en San Pedro Sula. Cuenta que había días en que se desataba la “matazón” y la gente solo quedaba asustada porque sus casas estaban en medio de puro muerto. En un mismo día podía haber “un muerto en la esquina, otro enfrente, arribita de la tienda, en la otra calle y así las casas en medio de puro muerto”. Al principio se preguntaba por qué, pero aprendió rápido que eso mejor no se pregunta cuando uno muere a balazos a plena luz del día. Así empezó a ignorar la muerte y a vivir con el fin de la vida todos los días. Simplemente los cadáveres empezaron a formar parte de lo cotidiano y comenzó a ignorarlos. Después se hizo pandillero de la MS-13. Lo dice con toda naturalidad. Ser pandillero es como ver muertos todos lo días, así como la pobreza, la desigualdad, los operativos anti-pandillas, los escuadrones de la muerte y la migración desenfrenada de jóvenes que solo tienen esta aplastante realidad.

 

Al ser pandillero se volvió nadie para el estado hondureño y digno de ser torturado y desaparecido por policías y militares. Pero si somos más honestos, el Black, quien nunca me dijo su nombre, siempre fue nadie para el gobierno de Honduras. Siempre fue nadie para nosotros. Volverse pandillero solo permite decir que merece la peor de las muertes. A nosotros nos permite dormir tranquilos. No hay que engañarnos. Nos consuela pensar que debió ser un mártir de la pobreza; un santo sin justicia en vez de ser un pandillero que escupe en nuestra frivolidad. Ahora el Black es alguien, pero alguien que merece morir a manos de quien sea y donde sea, no importa.

 

Lo que pasa con el Black es que “se tuvo que alejar” de su pandilla y eso lo desterró de su país. Tuvo que huir. Entonces cruzó Guatemala y llegó a México. Subió al norte. Empezó a trabajar en Monterrey de cualquier cosa para ganarse unos centavos, salir de fiesta, comer y volver un par de días a Honduras vestido de mujer para que nadie se lo reconociera. Su vida era este camino hacia el norte y hacia el sur. Tiene las puertas cerradas en todos los países: en Honduras ya no puede quedarse y el estado no lo va a proteger; en México es un dolor de cabeza y en Estados Unidos mejor ni hablamos. Así que siempre se la ha rifado mientras se mueve. Mientras camina va vendiendo un poco de marihuana para llegar a Monterrey –el resto de la mota se la fuma.

 

Tiene conocidos en todo este camino, la mayoría son jovencitos como él; algunos mexicanos, otros hondureños, guatemaltecos o salvadoreños. Muchos de ellos charolean, o sea van pidiendo dinero en las vías del tren o por las calles de los lugares por los que pasan. Al Black no le gusta pedir, así que no charolea. El muchacho ojos de avispa conocía muy bien como se mueven las aguas en las vías del tren que empiezan en Tenosique; sobre todo cómo viven los jóvenes como él.

 

Nos vimos varias veces en ese pueblo y platicábamos mientras aguantábamos el pinche calor. “Aquí hay reglas” me decía. Los que más o menos controlan lo que sucede en las vías son los que tienen puestos de comida y cuartuchos que rentan a los centroamericanos. Ahí está Don Pepe, un hondureño de unos 40-50 años con acento cubano porque vivió mucho tiempo en Miami. Ese mira siempre desde su puesto a los caminantes que llegan. Sobre todo a las mujeres. Ofrece cuartos y la comida hondureña que vende. Les mide el agua a los que llegan, no permite que armen escándalos cerca de su lugar y su frase más conocida es “papito, aquí, nos vamoa compoltal”. No duda ni tantito en sacar un palo y quebrarse al que moleste a sus clientes o le arme algún escándalo. Tampoco duda en llamar a migración.

 

Enfrentito de la estación tenemos a Don Goyo, un mexicano que también renta pocilgas y vende frutas, verduras, cervezas y muy probablemente drogas a nacionales y extranjeros. Quien sabe con quién estará aliado, pero a Don Goyo le ha ido bien. Tiene un hijo que es un malandrín muy astuto y es sus ojos y oídos en la calle. Ellos aquí también controlan que los que lleguen no armen problemas, por lo menos no cerca de sus lugares. Don Goyo y Don Pepe saben y conocen, dice el Black, a todos los grupos que asaltan, violan y matan. Así es el negocio. A los jóvenes los dejan charolear y andar por ahí, pero no les gustan los vagos de ningún lado.

 

El muchacho de la mirada aguda conocía a muchos morros por estos lugares. Morros que uno empieza a reconocer y siempre andan por aquí. Una vez le pregunté cómo le hacían además de charolear para conseguir varo. Ya va a ver, me dijo.

 

Antes de que desapareciera, el Black me presentó a Wilson. Un día ese chico se nos acercó y el Black empezó a chingarlo, se botaba de risa, lo veía como cualquier cosa y le decía “¿E vo’ y como está Don Simón? jeje-jeje” Era claro que el Black se burlaba. Wilson se reía, pero volteaba la mirada a otro lado con un poco de vergüenza. El párpado derecho de Wilson casi siempre está a la mitad de su ojo. Parece que está medio drogado todo el tiempo, pero no, así es su cara. “Wilson va donde un viejo culero que vive por las vías del tren” dijo el Black “le gustan los güirros así como Wilson.” El tal Don Simón opera así: los morros pasan charoleando y entonces Don Simón les ofrece fresco, una bolsa de churros, los pone a hacer trabajitos –pasar piedras de un lado a otro– lo más inútil del mundo, y les da dinero, luego les presta la computadora para que se conecten al facebu’ y así empieza a tocarlos. “Aquí en este lugar ¡Así, mire!” me dice el Black mientras amontona todos sus dedos. “¡Montón de culeros como ese Don que buscan güirros así como Wilson! porque Wilson les da ¡e-e! Ese por unos churros y una cerveza hace cualquier cosa.” El Black se ríe con malicia de Wilson, sus ojos de avispa se encienden, sus mejillas se ponen rojas, rojas de la risa.

 

El Black y yo nos topamos como 7 veces en un mes. Las últimas veces que lo vi, me decía bien serio que le estaba costando trabajo subir al norte. estaba teniendo problemas para pasar; entre las bandas mexicanas que controlan los caminos por los que pasa la gente, los Zetas, la migra, la policía y los militares, al Black se le estaba cerrando el camino y se le estaba acabando la forma de sobrevivir.  Su mayor problema siempre había sido pasar por Veracruz y cada vez le costaba más trabajo evitar conflictos por esos territorios.  Le dije que se quedara en Monterrey, pero se rió y me dijo “No. Así es la vida loca”. Palabra de pandillero.

 

Bueno, le digo, y tú cabrón ¿qué putas haces de arriba para abajo? ¿andas persiguiendo el sueño de vivir en las vías?

 

El Black se sigue riendo y me responde “¿De que sueños me habla?”. La mirada se le hizo dura, continua con su risa, ahora se burla de mi. Bien, le digo. Todavía vi al Black varias veces. Me acompañó por Wilson a casa de Don Simón en otras ocasiones. Sus andanzas en Palenque, Querétaro y otros lados lo dejaban cada vez más preocupado. El Black tiene una experiencia inmensa lidiando con todos los malandrines de los alrededores, pero aún así los caminos que conoce se le empezaban a cerrar. Tenía que buscar otra forma de llegar a Monterrey. Pero como ya les dije, el Black desapareció, era un morro con la experiencia de un viejo sin sueños. Sólo tenía 16 años.

 

Así es la vida corta.

* Este título hace referencia al dicho “la vida loca” que todos los pandilleros utilizan para marcar el estilo de vida en la pandilla.

 

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